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CARNE MECHADA

Fachada Colegio Inmaculada Concepción, Valdivia. Ricardo Mendoza Rademacher

Introito

El patrimonio es, en estas Provincias Australes del Imperio, un dolor en el cogote.No quiero hablar de los modestos laberintos del organigrama de la institución para la que trabajo; baste su mención para entender que hablo en parte desde un contexto institucional donde parte y se sustenta en gran medida mi «experiencia del patrimonio». Que no es la única fuente, por cierto: nuestros pueblos, saqueados a fuego y picota, son un venero continuo de sinsabores y despojos de un esplendor que, con una o dos excepciones, brilla entre los escombros, eriales y estacionamientos que dejan a su paso las fuerzas de asalto.

Lo que sigue –por cuyo desorden me disculpo de antemano–, en consecuencia son notas azarosas sin ninguna armazón, que tratan de registrar apreciaciones necesariamente personales, una especie de diario. Y empiezo por explicar esto.

 

Espacios

Una comodidad manifiesta del modo en que usualmente nos referimos al patrimonio, es que lo desplaza a un punto indeterminado entre los individuos, a esa zona difusa de propiedad intermedia, franja desmilitarizada que promocionan conocidos eslóganes como «el patrimonio es de todos», «es nuestra herencia compartida», «lugares de encuentro», «bienes identitarios de la nación». Al cabo, no es de nadie (porque el Estado es Nadie); y cuando es de alguien deviene en problema, en cacho[1] y candidato al pirofelino,[2] ese Pichi Juan involuntario de un voluntarioso descendiente de Vicente Pérez Rosales, Padre de Todos los Incendios.

Así, mientras más gana en espacio público (que suele no ser más que un espacio verbal), pierde en lo que más debería reclamar para su conservación: el íntimo espacio de cada persona. Creo, en suma, que necesitamos recuperar o reparar ese vínculo personal, emocional, vivo de verdad, con los bienes patrimoniales «que a todos nos pertenecen».

No sé como hacer lo anterior, pero se me ocurre que debe empezar como se aprende el afecto por la mayoría de las cosas que queremos de ese modo inútil, pero lleno del puro afecto cargado de la admiración y el respeto que provoca la intensidad con que se elaboraron objetos que han cruzado hartas más intemperies que nuestros cuerpos. Ese inicio, si recurro a mi memoria, es la transmisión personal del valor, pero no desde los conocimientos que hoy están por todos lados, sino desde la vibración del entusiasmo de cada uno de nosotros.

 

Vanos e Inútiles

Hace un tiempo, le decía a un arquitecto que tal vez uno de los aspectos donde más noto la compulsión de rapidez y baratura de la mayor parte de la arquitectura actual, es en el tratamiento de los vanos, en puertas y ventanas. Hoy no suelen ser más que aberturas provistas de hojas transparentes u opacas, huecos cortados con urgencia y ningún cauterio que suavice la herida, ninguna modulación de los bordes de la abertura. Nada que invite a pensar que hubo en su origen y desarrollo algo más que brusca solución de un par de necesidades fisiológicas.

Sí, de acuerdo, le digo, ha desaparecido de los detalles toda preocupación «estética», que la escribo con comillas porque advierto una rima interna con «cachivache», con «inútil», «esfuerzo sin destino» y con un shileno «¿y pa qué?» Sí, los productos estéticos que no son cuadro o escultura son, desde nuestra fragilidad cultural de colonias fronterizas en los mapas imperiales, una inutilidad incapaz de generar el máximo de ingresos con el mínimo de costo. Pero si estamos de acuerdo en que su ausencia es un empobrecimiento de la arquitectura, y si esta es un protagonista central de la vida comunitaria urbana, ¿no debemos pensar que esa vida también se empobrece, se devalúa, para seguir la jerga?

Me acordé en esa conversación de las xilografías de Durero, de la sostenida fuerza que recorre cada detalle de sus imágenes. Las ausencias de ese «bajo continuo» de esfuerzo sostenido, son las goteras por donde se escapa la vida del objeto, y claro, nadie quiere convivir con cuerpos agónicos.

En fin, que los componentes estéticos no son un despropósito, una pérdida de energía. Una dosis de gratuidad, de gasto sin ganancia metálica, es parte esencial de una buena vida.

Como si lo dijera Lao-Tsé: lo que da su sentido último a una puerta, a una ventana, es su vanidad, pero sólo a ellas.

 

Eufemismos y Trabalenguas

Escribo lo anterior y pienso que una parte del problema yace en el expansionismo verbal del pensamiento económico difundido por el Dr. Friedman, que considera todo como un «producto» generador de costos ciertos y utilidades potenciales. Espantosamente, considera aceptable que en diversos establecimientos públicos que reciben «pacientes» o «estudiantes», finalmente se los rime con un genérico «clientes».

Peores ejemplos ofrecen los facultativos que limpian escrupulosamente la lengua para que ningún trabajador sea «despedido»: para tranquilidad de sus familias, en el peor de los casos sufrirá una transitoria «desvinculación laboral».

En el campo de la cultura y por lo tanto en el patrimonio, la fascinación numérica se alarma ante las cuentas nada alegres que indican la dificultad de obtener números azules por cada dólar gastado en la producción de los bienes que sólo consumimos con el espíritu. Es que es difícil medir, expresar en números las ganancias del espíritu, el crecimiento de la alegría o el aumento del pensamiento crítico, ese tábano incómodo. Más que difícil, me temo que es casi imposible.

Así que deberíamos acostumbrarnos a esa imposibilidad y facilitar o defender esa zona irreductible a los afanes contables, donde cada peso ha de volver convertido en esa inasible pero fértil materia que Alfonso Reyes llamaba «la humedad del espíritu».

 

Ruidos y Tensiones 

«Uno vive lleno de esperanzas», dice el tango, y agreguemos: de deudas. Pero no de dinero, aquí hablo de las que importan: las que mantenemos con las zonas desvalidas de la existencia, y con uno mismo.

En lo personal, dos indagatorias me debo.

La primera es saber por qué me dolió tanto la demolición del colegio Inmaculada Concepción en Valdivia. Una o dos veces habré entrado. Su fachada sí era una compañía cotidiana. Era uno de los últimos ejemplos de arquitectura civil en madera, de tipo colonial alemán, en Valdivia. Hoy queda el ex Hotel Schuster, reciclado por el Centro de Estudios Científicos y, en otro estilo y materialidad, el Obispado y el Club Español, algo alterados. Me parece que en las regiones de los Lagos y los Ríos no resta más que un puñado, incluso si ampliamos el arco estilístico y material. El colegio Francisco Javier aquí en Puerto Montt; me dicen que un colegio alemán en Puerto Varas; algunos otros en Osorno y La Unión.

De nada sirvieron los cientos de firmas en un petitorio de clemencia; de nada la visita de una encargada de inversiones del Ministerio de Educación; de nada la opinión de Gabriel Guarda, arquitecto y Premio Nacional de Historia.

Inexplicablemente, el edificio no figuraba en ningún registro de inmuebles de interés patrimonial del MINVU, del MOP o de la propia Municipalidad, cuyo Director de Obras había autorizado el destrozo. Como nunca, coincidieron la estúpida miopía de las ordenanzas y autoridades municipales, la increíble ceguera y falta de sensibilidad del arquitecto proyectista de la pesada prótesis que sustituyó a las livianas maderas del colegio antiguo; y la tozudez inamovible, milenaria diríamos, de una congregación religiosa dedicada, aunque no lo crean, a una de las operaciones más delicadas de la cultura, la educación. Ni siquiera se nos concedió permiso para hacer un registro fotográfico: «se podría prestar para dificultades», decía la carta negativa de la monjilla superiora de la orden.

Parece comprensible entonces un sentimiento de frustración y rabia. Pero me parece que el motivo de fondo es otro que la desaparición del objeto, o de un hito en la historia urbana de la ciudad, otro que la erosión estética de un espacio de vida comunitaria de casi un siglo. Esa es mi deuda y no vislumbro una respuesta clara, aunque sospecho que lo que hemos perdido es homologable a la muerte de un pariente o de un amigo. Oh mitad apartada de mí, canta Chico Buarque.

La segunda puede ser menos misteriosa, la declaración de Zona Típica para la Feria Fluvial de Valdivia, un enclave comercial ribereño, céntrico, cuyos orígenes se remontan a tiempos prehispánicos. Trabajamos, al interior de la Comisión Asesora Regional de Monumentos Nacionales (carmn), en el expediente, y discutimos largamente el punto crucial de la propuesta: la extensión mínima del área que protegería la declaratoria. Era difícil abarcar un sector más allá de los primeros cien metros del Paseo Libertad, que conecta el río con la Plaza. Convinimos por fin en proponer, además del área propia de la Feria, la manzana contigua de la primera cuadra del Paseo, cuyos tres edificios de principios del s. XX, de propiedad particular, componen, junto a la Casa Schüler del Centro de Estudios Científicos –que se negó a integrar la declaratoria–, un conjunto armónico, tal vez el último, de la arquitectura producida en Valdivia después del gran incendio de 1909.

Así lo presentamos y se acordó en una reunión formal con miembros del Consejo de Monumentos Nacionales, el Intendente de la época, el Alcalde y su Director de Obras, y la carmn.

Unas semanas después llegó la resolución del Consejo Nacional: se aprobaba la propuesta, pero dejando fuera los tres edificios patrimoniales. ¿Qué fuerzas actuaron entre uno y otro evento, qué teléfonos rojos o intercomunicadores que no sabemos? ¿Qué órdenes de Hermano Mayor cayeron sobre los acuerdos?

Ruido y tensión. Ninguneo y poder. El largo brazo del Imperio.

¿Sueno tremendista? Puede ser que haya visto mucho y entendido poco. Hablo por mí, pero no debo ser el único que no puede quitarse hasta hoy un sabor amargo de la boca.

Como sea, no creo delirar. No apunto a un fantasma, sino a fuerzas movedizas pero ciertas, que son parte del escenario humano e institucional en que debe moverse cualquier interesado en esos parientes inmóviles pero significativos que son los bienes patrimoniales. Es que las trabas y amenazas mayores que penden sobre el público interés de nuestro patrimonio material e inmaterial, natural o cultural, se generan en los intereses económicos, corporativos, aliados con demasiada frecuencia al poder político y, a veces, al poder militar, como bien lo saben nuestras pobres repúblicas.

¿No es bueno decir estas cosas? «¿Siempre se ha de sentir lo que se dice / nunca se ha de decir lo que se siente?» Estos versos los difundió con hurto Nicanor Parra, pero fueron escritos hace casi cuatro siglos por su verdadero autor, Francisco de Quevedo, que sí era un deslenguado. Nihil novum sub sole.

 

Jinetes del Tiempo

Sé que debe haber diversas definiciones de lo que es patrimonio; creo que todas ellas incorporan la permanencia en el tiempo; algunas exigirán su presencia efectiva en alguna comunidad humana; otras, su valor único en cierto contexto cultural, histórico o geográfico (lo que puede llevarnos a reproducir en este plano nuestra desgraciada tendencia a la segregación).

A mí me atrae asimilarlo a lo que se dice de los libros clásicos: que concitan la misteriosa fidelidad de las sucesivas generaciones, que su sentido nunca es el mismo porque crea un diálogo nuevo con cada visitante.

 

A la Vuelta de la Esquina

Ocurre con el patrimonio lo que nos advertía Borges respecto a la belleza: es ubicuo, más común de lo que se cree y nos sorprende en cualquier parte. Anoto al paso algunos encuentros.

 

Acerca del Vital Elemento

Yo pecador, me confieso chichero. Entre marzo y abril menudeo mis visitas a cierto establecimiendo de molienda de manzanas. Suele acompañarme mi hija de nueve años, aprendiz aventajada en el consumo del zumo. Es tiempo de chicha dulce, jugo todavía. El lugar es además grato: dos partes de un viejo tonel ofician de biombo, caja y dispensario. A un costado, dos sillones que conocieron mejores tiempos, y una salamandra, nos distraen o atraen con su hogareña sugestión. En esta época, el plácido crepitar del fuego en la salamandra y el cabeceo amodorrado de don Alberto Lobos, regente del establecimiento, difuminan el recuerdo de los deberes cotidianos. Una puerta sin hoja enmarca a la trituradora y el chorrito oscuro de la lagrimilla cayendo en los tiestos.

Lo cierto del caso es que un día de fines de abril me topé con una mesa baja al centro del espacio y, sobre ella, tres o cuatro botellas de chicha y algunos vasos, rodeada de parroquianos. Como a esta altura también lo soy, fui invitado a probar, luego de una precisa admonición acerca de sus características, del contenido de cada botella. Juro que percibí en una de ellas el sabor de una variedad que no probaba hace tal vez 40 años.

Salí contento y aprovisionado. Mi hija, algo enojada porque opina que sí puede probar alguna más espumosa. Pensé con regocijo que habíamos asistido a una cata con toda su formalidad, a una impensada cata de chicha. También sentí orgullo, pero no sé bien por qué. Pero orgullo cierto de chichero.

 

Una Aventura Etimológica y su Resolución Callejera

Hace algunos años, cuando Celulosa Arauco no era todavía un demonio ambiental, me encargaron el diseño de un folleto promocional para una pequeña reserva forestal, hoy propiedad del demonio, que ocupa 700 hectáreas en la cumbre del Cerro Oncol, el más alto de la costa valdiviana, inmediato y visible desde la ciudad.

Una tradición local enseña que cuando la cumbre de ese cerro se cubre de nubes, la lluvia llegará en pocas horas. Hasta hoy, muchos naturales confiamos más en ese barómetro que en las señoritas del tiempo o el Wea-ther Channel.

El asunto es que uno de los textos que me entregaron aclaraba con exemplar certidumbre que el nombre del cerro, Oncol, significa «cerro» en mapudungun. Me llamó la atención un cerro llamado «Cerro», como un perro que se llamara «Perro». Caí ansioso sobre las venerables páginas del diccionario del fraile Augusta: efectivamente, «oncol» significa «cerro»; y hay un verbo relacionado que apunta a la acción de «subir a gatas como por laderas empinadas».

Pero la cultura mapuche es pródiga en topónimos que señalan sin error ni ocio la índole de un lugar, alguna carga simbólica o cultural (Malalhue, el lugar de corrales; el río Bueno, que no lo es por bondad sino por Wenu, lo de arriba, el cielo). Así que no me pude tragar ese nombre para un cerro por lo demás de poca escarpa y cumbre chata.

El diccionario recompensó mi paciencia (o mi ocio) con un curioso verbo compuesto, que ya no recuerdo, referido al acto de «cubrirse la cabeza, arrebozarse o embozarse con una manta, para ocultar quien uno es, y simular o ser otro». Quedé más tranquilo: el nombre podía ser el remanente de un topónimo harto más rico en sentido.

Pero hasta ahí mi pobre aventura lingüística no pasaba de ocio y fantasía. Unas semanas después hablaba con otro natural a orillas del río y le pregunté por el tiempo, aunque el sol brillaba entre unas pocas nubes blancas. Se volvió hacia el norponiente: el cerro Cerro exhibía una compacta cobertura de nubes que ocultaba la cumbre… Sin volverse y sin mirarme, mi interlocutor exclamó como sobresaltado: «¡Ya se echó el poncho a la cabeza este huevón!». Así, mi fantasía puso pie súbitamente en el terreno de lo posible, y yo miro hasta hoy los vaporosos hábitos de vestir del Oncol.

Pienso ahora, ¿qué riquezas de percepción, qué finuras de trato con la realidad desaparecerán cuando muera Cristina Calderón, la última hablante yagán, o los últimos qawesqar, confinados por el cristianismo y el humanismo en los estrechos morideros de una realidad disminuida?

Más allá de la utilidad práctica y circunstancial que pueda prestarnos ocasionalmente una tradición oral, o todo un universo lingüístico, está su enorme capacidad, alcanzada después de siglos de afinación, para abrir nuestra sensibilidad y conectarnos de un modo irremplazable, profundo y acaso imprescindible, con nuestro medio natural o cultural.

 

La Tortilla Corredora

Doña Candelaria Coñuecar ha pasado toda su vida en Niebla. Cuando el tiempo lo permite, la arena está seca y la leña barata, amasa de madrugada unas hogazas de tamaño regular y, al modo costero, las entierra en la arena candente sobre la que había mantenido por largo rato una buena fogata. A media mañana, las descubre y limpia de ceniza y restos de arena, y se aparece a venderlas en el Castillo, cargadas en una caja Coleman que alguna vez fue canasto de mimbre o pilgua de boqui. Siempre le compro 5 ó 10 que no durarán más de un par de días a merced de mi hija y mi compañera.

Donación segura de la cultura triguera del Viejo Mundo o el Oriente Medio, no sé si alguna de las civilizaciones americanas del maíz habrá hecho algo semejante; o los pehuenches con harina de piñones.

Como sea, es uno de esos sabores esenciales que debe estar marcado en nuestros genes, aun en los de quienes declaran no conocerla. Ocurre con ella, creo, lo que pasa con el bolero: rompiendo la melodía, todos se acuerdan de la letra.

En fin, quise acordarme de la Tortilla al Rescoldo porque no es un mero pan. Está con nosotros desde los primeros días de la conquista. Benjamín Vicuña Mackenna, en su libro sobre la medicina colonial en Chile, nos dice que esa mujer admirable que fue Inés Suárez, organizó los primeros hospitales y procuraba que siempre hubiese tortillas al rescoldo en los dispensarios, porque las estimaba de gran beneficio para los enfermos.

 

¿Quién es el Jovencito de la Película?

Me ha tocado participar en muchas revisiones de proyectos de intervención arquitectónica en monumentos o zonas típicas.

El problema, cuando surge, es casi siempre el mismo: la dificultad de reorientar el pensamiento desde el legítimo apetito de obra del arquitecto, hacia una voluntad de servicio al objeto de intervención.

Lo que se exige al proyectista es difícil, ciertamente, materias que no figuran claramente en los planes de estudio: un esfuerzo de humildad, una entrada con abandono de sí mismo en un mundo, hasta entonces, ajeno; una puesta en acción de las propias potencias para restablecer un valor que otro, a veces muchos, pusieron en circulación.

 

Otro Diálogo Inconcluso

Por estos días, un tío[3] mío, un amigo, está muriendo y dejará pendiente otra discusión. Él ha sido siempre, a pesar de de sus orígenes pueblerinos, un tipo urbano. Alguna vez nos enfrascamos –y lo de frasco no es pura imagen– en una discusión sobre el valor formativo de los climas y los paisajes. Le dije que creo profundamente que somos (individuos y generaciones) como nos hacen la lluvia, el sol, los árboles, las llanuras, los ríos con los que hemos convivido a lo largo de los días de nuestra vida. A él no le parecía así, y creo que se equivocaba.

Recuerdo esto porque también me parece que, desde la perspectiva del patrimonio, estamos atrasados en la construcción de un diálogo entre el patrimonio cultural y el natural, porque este es, cuando menos, el escenario continuo en que existe el otro.

Creo que sobra por ahora enumerar los llamados que ese escenario vocea desde los valles del norte de Chile hasta el Río Baker o los canales magallánicos. Aunque yo debería mencionar, para más claridad, el agónico Santuario de la Naturaleza de mi región, o la olvidada sabana de espino chileno de la zona central, en la que viví más de 15 años.

 

Pasos Adelante, Pasos Atrás

Bien sé que que no todo es desastre, aunque no se haya intentado todavía una estadística comparativa entre el debe y el haber. Debería mencionar a cierta empresa que ha rescatado varios inmuebles en Valdivia, pero no quiero incurrir en publicidad indebida o, lo que es peor, gratuita. O algunos individuos iluminados que han gastado hacienda y desvelos en el cuidado de casas u objetos que, desde el primer encuentro, entendieron con solidaridad y compasión que merecían ese cuidado, porque más allá de la pertenencia temporal, estaban ligados íntimamente, pertenecían, a las vidas de muchos otros individuos.

La verdad, me gustaría aportar soluciones más que insistir en problemáticas. Pero me temo que estoy ensordecido por los «gritos de los condenados», como los llamaba Bernard Berenson, un viejo historiador del arte.

En cuanto a mí, no soy un desagradecido y faltaría a la verdad si desconociera y no declarara que, con todo, lo he pasado bien en estos menesteres, y he aprendido no poco –«de cosas que, fuera de nosotros dos, no sé a quién más puedan importarle», me dice medio en broma medio en serio Gustavo Boldrini, un querido amigo, escritor e historiador–.

Pero eso es lo de menos. De cuando en cuando, me abren unas ventanas a mundos a los que no me habría asomado de no ser por este «dolor en el cogote». Subproductos del linimento que uno se aplica en la zona dolorida, son cosas como este cuentecito que les voy a decir ahora, para cerrar estas notas: Silueta del Vigía.

 

Silueta del Vigía

Quién era ese Rodrigo de Triana? Marinero o apenas grumete, aparece en lo alto del palo mayor de La Pinta, y lo único cierto es que fue él, no Colón o Colombo, quien gritó «¡tierra, tierra!», en el asombrado amanecer del 12 de octubre de 1492, poco después que estuvieran viendo subir y bajar las candelillas.

Había oído la orden de montar guardia por el castillo de proa: toda la noche oyeron pasar pájaros, y el día anterior habían visto pardelas y un junco verde junto a la nao, una caña y un palo y otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Respiró aliviado y alegrose él también con estas señales flotando sobre el oscuro zafiro del agua. Y había mirado largo rato el desplazamiento de las pardelas flotando en el cielo: debía tener razón el Gran Almirante.

Podemos suponerle la vista aguda de la juventud y habituada a las cosas del mar en tempranas navegaciones. La luna convertía las aguas en una plateada materia espesa y resplandeciente: y entre las pobladas sombras de la más memorable de las vísperas del milenio, distinguió aquel preciso borde inmóvil de los setenta días de navegación hacia la nada, la terra incognita donde terminaban las cartas náuticas y las costas de los portulanos.

Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje, algunos hasta se ocultaban aquella noche en su camarote, renuentes o temerosos, como el veedor el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver.

Pero sabemos que el de Triana era un muchacho y que tal vez amaba o respetaba esa estatura del visionario que aseveraba lo imposible a la luz del entendimiento racional: que el sol se hundía sobre el imperio del Gran Can de Oriente, hacia el Occidente.

 

¿Desembarcó al otro día con el Almirante y con los capitanes Pinzón y Yáñez, con el escribano Escobedo y Sánchez de Segovia el veedor miope, a tocar esa tierra que había voceado unas horas antes? Esto no lo sabemos: sólo que lo nombra el Gran Almirante (o dice Las Casas que lo hace) en su Diario de a Bordo, y en el mismo párrafo vuelve a desaparecer como las candelillas que todos habían avistado la noche anterior.

Dicen que ni siquiera recibió los diez mil maravedíes que habían prometido los Reyes por avistar la tierra. Quizá sí el jubón de seda que ofreció el Almirante mientras mandaba la guardia.

Como sea, debía amar el océano y su oficio o la aventura: en 1525, treinta y dos años después, en la medianía de su edad, aparece una vez más navegando hacia el Oeste, y vuelve a desaparecer hacia las diecisiete mil Islas de las Especias.

Al menos habrá llegado más lejos que el Almirante.

 

[1] Cacho: problema difícil de resolver.

[2]Pirofelino: método tradicional del patrimonio piromaníaco, que consiste en empapar un gato con algún combustible, y liberarlo en el lugar que se desea reducir a cenizas, previa aplicación de un fósforo prendido sobre el lomo flamígero del gato.

[3] Jaime Mendoza Veloso, abogado y exiliado. Regresó a un país inexistente; murió pocas semanas después de haberse escrito estas notas.

Ricardo Mendoza Rademacher

Director del Museo de Sitio Castillo de Niebla

Ricardo.Mendoza@museoschile.gob.cl